Caminando En Las Nubes Capítulo IV: El Vuelo De La Mariposa
Octavio se dirigía nervioso hacia el jardín donde le dijeron
estaba su prometida. Verla después de su rechazo no era fácil. No estaba
acostumbrado a perder, y con ella no iba a ser la excepción. Bueno, eso era lo
que quería creer. Lo cierto era que ansiaba con todo su corazón estar con ella.
Mientras caminaba por los amplios corredores de la casa de
sus futuros suegros, imaginaba un pequeño discurso que dar. Estaba por llegar al jardín, escuchó el grito
de Julieta, se le heló la sangre. En ese
momento se olvidó de todo, dejo caer el ramo de flores y corrió hacia el
jardín.
No lograba distinguir nada. Al fondo, creyó ver a Reyna,
sentada en una banca. Estaba temblorosa y nerviosa.
—¿Qué ocurre? Donde esta Julieta?
En ese momento vio a Danael salir del sucio cuarto de
mantenimiento con Julieta agarrada de la mano. Corrió hacia ellos. Antes de que
pudiera decir algo, el profesor se adelantó:
—Habla con Ella. Yo iré con Reyna.
—Por supuesto —Miró con atención a la joven, pero ella no
reaccionaba de ningún modo—. ¿Qué pasó? —preguntó suavemente, adivinando que lo
que necesitaba la chica era consuelo.
Ninguna palabra, solo sus hermosos ojos se fijaron en él. Llevada
por un impulso lo abrazó.
El correspondió a su gesto, abrazándola suavemente, pero con
firmeza. Con comentarios que parecían
susurros y algunos ademanes, el abogado se dio cuenta de lo que pasaba. La
muchacha estaba nerviosa, pero, aún conservaba algo de temple. Octavio, que solía ser en ocasiones bromista,
contó un chiste tratando de animarla.
—Quisiera estar sola —fue su única respuesta.
—Yo… solo quise alegrarte
Julieta comenzó a
caminar, se fue hasta el otro extremo del jardín buscando tranquilidad, se recargó
en un árbol, suspiró y se concentró en las estrellas que empezaban a aparecer. Después
de unos minutos su novio se acercó.
—Quisiera estar sola —le repitió.
—Lo que necesitas es alguien que te apoye. —La rodeó con sus
brazos. Ella estaba tan cansada emocionalmente que no se resistió. Acepto el
gesto y se recargo en su pecho.
—No digas nada, solo relájate.
El abrazo era suave a la mar que intenso, estuvieron así
varios minutos sin que nadie los molestara. Se miraron a los ojos, Julieta por
fin sonrió. Estar en ese lugar donde la luz comenzaba a irse, y el frio se apoderaba
de la noche. Le daba un toque romántico a la par que misterioso.
El silencio era su cómplice. La tranquilidad mucha, y por
primera vez se sentían contentos de estar juntos. Después de unos minutos
miraron la luna. Octavio la abrazó por los hombros, mientras que ella buscaba
refugio en su cuerpo buscando protección.
Él le buscó la mirada, ella no se atrevió a hacer nada, pero
él se fue acercando poco a poco hasta que sus labios se unieron. El beso no fue pasional, ni mucho menos. Era
dulce y delicado. Julieta correspondió, por primera vez sentía lo que era
disfrutar una caricia de amor. Sus movimientos eran inexpertos, pero llenos de
sentimiento. El también besaba por primera vez. Bueno, era el segundo, si
contamos su atrevimiento en días anteriores. Parecía que ambos, buscaban ese
refugio que sus almas necesitaban.
—No quiero que pare este momento
—habrá muchos mejores. Te lo prometo.
—Que hermoso se ve el firmamento —susurró Julieta.
—Sí, pero más hermoso es mirar tu rostro.
Los muchachos
disfrutaron viendo las estrellas. Octavio recargado en el árbol y ella
recargada en él.
—Cuando seas mi esposa, pasaremos horas mirando el cielo.
“Casarnos” el momento mágico se rompió
—¿Casarnos? No… —Julieta se retiró— Yo no quiero las cadenas
de un matrimonio como el de mi madre.
…
***—**.**—***
Danael por su parte revisaba que Reyna no estuviera
lastimada. Por suerte estaba bien, solo un poco asustada
—Abrázame —pidió ella.
Él no lo espero dos veces, rodeo su cuerpo con sus brazos y
comenzó a susurrarle cosas tiernas. Sentir los latidos uno del otro, los calmó
de inmediato. En ese momento solo estaban ellos en el mundo.
La muchacha se atrevió a tomar su mano, el correspondió al
gesto besándoselas. Las manos de ella eran suaves y delicadas, pero las de él estaban
ásperas. Señal de que de vez en cuando efectuaba algún trabajo manual.
Besó su cabeza, después bajó por su mejilla. Reyna temblaba
de la emoción. Nunca se había sentido tan dichosa.
“En los labios, por favor, que me bese los labios”
El muchacho tocó con sus labios la comisura de los suyos. Eso
la hizo estremecer. Pero la tranquilidad no podía durar para siempre, Danael
escuchó unas pisadas, se separó de Reyna, como pudo intentó acomodarse la chaqueta.
Rafael entraba al jardín acompañado de Miguel Ángel. Lo
primero que vio fue a su pequeña hija muy cerca del maestro
—Profesor, no me gusta que esté solo con mi hija ya
anocheciendo.
—Lo siento, yo… ya estábamos por irnos.
En ese momento el viento sopló muy fuerte. La puerta de la
bodega se abrió de golpe. Ante el susto pasado, a los jóvenes se les olvido
cerrarla.
—¿Quien abrió esa puerta?
—Preguntó el dueño de la casa sin poder contener su enojo, miró a Danael
esperando una respuesta. Por primera vez en mucho tiempo el profesor no supo
que contestar
—Tranquilo— intercedió Miguel Ángel—. Una buena explicación
debe de haber.
Fijo su mirada en su protegido tratando de encontrar una explicación.
—Dígame por qué está abierto ese lugar —El empresario seguía perdiendo la
paciencia.
El profesor los miró fijamente, no pensaba decir la verdad
pues metería a las chicas en problemas ¿Entonces qué hacer?
—Yo la abrí —respondió Octavio quien se acercaba con
Julieta—. Vi una rata correr muy cerca de Reina, la pobre se asustó, por eso
creí que lo mejor era matarla. Como se metió a la bodega, tuve que abrirla.
Pero se salió y fui a corretearla por el jardín. De allá vengo.
Lo último lo dijo de una manera jocosa. El doctor hizo un
esfuerzo por no reír, imaginar a su hijo tras un roedor, le parecía muy cómico.
Claro que no le creía, pero ya hablaría del asunto con los muchachos.
—Así es —Intervino Danael—. Como Reyna es mi alumna, creí
que era mi deber moral cuidarla hasta que viniera alguien a apoyarnos.
Rafael, no sabía que decir. El argumento de los hombres, aunque
no sonaba muy creíble, no tenía pruebas para refutar lo contrario. Con una
orden cualquiera, mandó a sus hijas a sus cuartos. Los invitados se despidieron
de manera educada.
—Mañana muy temprano quiero hablar con ustedes dos— dijo con
severidad el medico a los muchachos, mientras iban camino a sus hogares—. Lo
que hicieron en el jardín estuvo mal. Tú Danael, estabas muy cerca de Reyna,
como no es ni siquiera tu novia, está muy mal visto.
—Lo siento doctor yo…
—Ahora no es momento de decir nada. Solo para la próxima
vez, ten más prudencia —Volviéndose a su
hijo dijo—. Octavio, ese cuento de la rata, no te lo creo para nada. No estabas
ni agitado ni maltrecho de tus ropas. Como deberían estarlo. Y lo peor, venias acompañado de Julieta de un lugar
oscuro. Eso pone en mal su reputación. .
Octavio tardó en responder. Se le veía triste y meditabundo.
—Si papá, pondré más cuidado la próxima vez. Pero al decir
lo de la rata, estaba protegiendo a las muchachas
—Tampoco es para que te pongas así —dijo Danael quien ya se
había recuperado de las emociones—. Cuando le contemos todo al doctor Miguel,
de seguro comprenderá.
Pero su amigo seguía callado.
***—**.**—***
—¿Qué te pasa Octavio? —preguntó Miguel Ángel a su hijo,
cuando llegaron a su casa
El muchacho no dijo nada, se dejó caer en un sillón
exhalando un suspiro, miró al cielo. Su padre se sentó a su lado.
—Sabes que puedes confiar en mí.
—Parece como si toda mi vida comenzara a derrumbarse —Dijo
Octavio decaído
—Eso no puede ser posible, eres muy joven— Observó a su hijo
unos segundos—. Te pasó algo con Julieta ¿verdad?
—¿Se puede anular un compromiso matrimonial?
Miguel se sorprendió por la noticia, hubiera jurado, que veía a la pareja muy unidos.
—Sí se puede —le respondió siguiéndole el juego—. Hablaran
mal de ti y de Julieta, pero con el
tiempo todo pasara ¿Acaso quieres romper tu compromiso?
—Yo sí me quiero casar. Es lo que más deseo en el mundo. Es
ella la quiere romper el compromiso.
—A ver, explícame bien eso.
Octavio recordó sus últimas horas con ella:
—¿Casarnos? No… —se
retiró la muchacha— Yo no quiero las cadenas de un matrimonio como el de mi
madre. No quiero ser solo un objeto.
—July ¿Qué te pasa? —La
tomó de las manos—, estamos muy bien juntos.
Pero ella se sentía
cada vez más contrariada:
—No te molestes en dar
explicaciones, tú serás muy feliz con alguien más. Puede ser María, por
ejemplo.
—Ya te dije que lo de
ella fue un error, nunca llegue a tocarla. Sé, que de alguna manera te orillé a
esto. Jamás me lo perdonare, pero ya veré la manera de demostrártelo. Sigamos
con lo nuestro, que cada vez es más hermoso.
—No, no es solo eso… —La
muchacha caminaba contrariada—. Creo que… odio a mi padre. Cada vez lo conozco
mejor, lo que vi hace rato me llenó de dudas. Además he visto el papel de la
mujer en la sociedad, esta reducida a ser un objeto. Yo creo que nosotras
merecemos ser algo más.
—Julieta, tienes mucha
razón, pero terminando conmigo no lograras nada. Si confías en mí, te prometo
que te haré muy feliz. Tienes razón con lo que dices de la mujer en la sociedad.
Déjame pensar que hacer. Y en cuanto a lo de tu papá, no creo que sea tan malo,
solo que es muy duro. —Hizo una pausa para tomar aire—. Por lo mismo temo que
pueda hacerte algo si terminas nuestra relación. Te propongo que no anules
nuestro compromiso. Ante todos seamos pareja, y a mí déjame conquistarte.
—¿Y después?
—Ya veremos después. Por
lo pronto vivamos el presente, no te arrepentirás. Vamos con los demás, no es
conveniente que estemos mucho tiempo solos.
Lo ofreció su brazo
como todo buen caballero, ella aceptó el gesto. En ese momento vieron a sus
padres entrar al jardín por lo que apresuraron el paso.
—¿Qué hago? —Volvió al presente y preguntó a su padre—. De
verdad la quiero, pero tengo miedo quiera terminar todo después.
—Solo estas pagando las
consecuencias de tus actos. —Dijo su padre con severidad—. Como tú mismo
dices, estas son las consecuencias de tus actos. Tendrás que hacerle ver lo
mucho que la quieres, y como el caballero que eres cumple tu promesa.
***—**.**—***
La semana continuó su curso de lo más normal, la ida a la
hacienda estaba programada para el lunes. Pero Danael tenía sus propios planes.
El sábado al mediodía el profesor se encontraba aburrido sin
nada que hacer. Decidió dar un paseo por la plaza principal. Para su suerte se
encontró a Reyna paseando con Julieta y Octavio. Sin pensarlo dos veces se unió
al pequeño grupo. La primera en alegrarse fue su encantadora alumna. Octavio le
hizo un guiño a su amigo dándole a entender que se alejaría un poco con
Julieta.
Danael y Reyna pasearon un poco por la plaza, se divirtieron
con el volar de las palomas, escucharon al organillero y comieron algodones de
azucar.
Tal vez no era una cita de amor, pero la jovencita sentía
como si algo así le estuviera pasando. Ni siquiera le importaba que los transeúntes
la miraran con curiosidad. Hasta que un niño se rio a viva voz de ella.
Danael contra su costumbre se vio obligado a regañar al mozalbete.
El profesor exhortó a su amiga a no
hacerle caso, pero ella no pudo evitar entristecerse, intentaba ignorar todo,
pero el dolor la hizo sucumbir.
El maestro al ver nada lograba contentarla, con un pretexto
cualquiera se alejó.
“Tal vez tenga que aprender de la manera más dura. Pero ya
no puede auto compadecerse”
Reyna sintió un vacío muy grande al sentirse sola. Comenzó a
pensar que su maestro era algo parecido a un monstruo. Pero junto a ella
comenzó a volar una mariposa de alas color marrón, como si esta quisiera ser su
amiga se posó en su hombro, para después revoletear alrededor de ella.
La simpática jovencita
contempló el alegre vuelo de su nueva amiga. Olvidando así, su tristeza.
El singular insecto se iba y se alejaba. Parecía que la estaba invitando a
seguirla. No se dio cuenta como, pero
soltó su bordón cuando esta se fue.
La joven no quería dejar de verla, dio un paso intentando
seguirla, se tambaleó, pero se mantuvo de pie. Con movimientos lentos siguió el
vuelo de tan majestuosa mariposa. No pensaba en lo que hacía, tal vez ni
siquiera se daba cuenta. Pero cuando el insecto
desapareció y descubrió lo lejos que estaba de su bastón, se llenó de miedo. Quiso
recuperarlo, pero estaba a varios metros de distancia.
—¿Dios mío, y ahora qué hago?
No le quedaba de otra
más que regresar por él. Se giró sobre si misma, estuvo a punto de caer, pero
se controló. Con lágrimas en los ojos y sudando frio, logro dar unos pasos
hacía él. Le parecía eterno el camino, pero caminó.
¡Estaba caminando sola y nadie la ayudaba!
Por fin pudo tomar su bastón, se sentó de nuevo en la banca.
Comenzó a llorar, de impotencia, de felicidad, de nervios, y tal vez hasta de
tristeza. No sabía porque lloraba pero lo que sentía era algo muy fuerte.
En ese momento se acercó Danael con unos refrescos. Ella estuvo
a punto de platicarle su hazaña, pero calló. Lo más seguro era que no le
creería. El profesor le sonrió cálidamente
—¿Ves? —dijo con dulzura el muchacho de cabellos castaños.
—¿Qué?
—Lo tuyo, es más emocional, que físico —Sonrió—. Te vi, ahora
tendrás que darme la razón, y a la mariposa también.
—¡Oh Danael!— Dice sonrojada— Te diste cuenta.
—¡Como no hacerlo! Te deje sola a propósito para que
experimentaras por ti misma todo. ¡Y caminaste!
— Tú pareces algo así como mi ángel guardián —dijo llena de
emoción—. Alguien bajado del cielo.
—No lo creo, un Ángel no sentiría lo que yo… —dijo sin
pensarlo
—¿Que sientes?
Esa pregunta llegó a lo más profundo del joven enamorado. Bajó
la cabeza apenado—. Lo mío no se puede explicar con palabras
—Entonces ¿Cómo?
—Ya encontraré la manera de explicártelo —dijo como si fuera
un susurro.
Estaban muy cercas uno del otro, se atrevieron a tocarse las
manos, eran movimientos “accidentales”. El
tiempo fue pasando hasta que sus estómagos les recordaron que era hora de
comer.
—Está empezando a hacer hambre ¿Quieres que te invite a
algún lugar?
Reyna por impulso pensó en un restaurante que le gustaba mucho,
pero, recordó que él era de escasos recursos—. Si quieres vamos a tu casa—.
Dijo con timidez la inocente niña. Sin darse cuenta que con ello invitaba a lo
prohibido.
—Yo… no tengo nada digno que ofrecerte. Mis recursos son muy
escasos. ¿Estarías dispuesta a estar con alguien muy sencillo?
—Sí —dijo sin dudarlo—. Si es contigo estoy más que
dispuesta.
—Solo puedo hacerte unos tacos de… no sé, algo debo tener.
—Sera divertido verte como algo más que un profesor. Estoy
segura que serán unos tacos buenísimos.
Los dos rieron animadamente, la oportunidad de estar solos
se presentaba tan bella como tentadora.
—Acompáñame a mi casa — se levantó caballerosamente y le extendió
la mano. Ella así lo hizo y con la otra mano
tomó su bastón.
—Suéltalo, imagina que un día muy cercano no lo necesitarías.
—Eso sería un milagro.
—Un milagro que será muy pronto, solo necesitas un poco de
esfuerzo, recuerda hace rato lo de la
mariposa, caminaste por ti misma. ¡No te das cuenta de tu potencial.
—Por poco y me caigo.
—Porque te hace falta práctica ¡Vamos! no pienses en cosas
negativas, cambia tus patrones mentales
—Nunca podre… pides demasiado de mí
—¿Sabías que la oruga quería ser mariposa, pero le parecía
imposible de lograr?
—¡YO!— una lágrima le rozó los ojos
—Tranquila— dijo Danael acariciando su barbilla— ¿Ahora si
me acompañas?— y le extendió de nuevo la mano. Tímida pero con valor así lo
hizo.
—Oye, crees que este bien que vaya sola a tu casa— Dijo ella
volviendo a la realidad—, tu eres un hombre soltero y no está bien que vaya a
tu casa. La gente hablara y….
—Olvídate de lo que diga la gente, nadie te dirá nada. Lo
garantizo, por donde yo vivo nadie te conocería y podemos irnos para allá en un
transporte público. Además prometo respetarte, pero si no lo deseas, te regreso
a tu casa y…
—No, quiero conocer tu hogar, confío en ti y sé que todo
estará bien.
Los dos subieron a un transporte público. Era económico, pero
era lo único que el joven podía pagar. Pero Reyna estaba encantada. Todo para
ella suponía una aventura, vio cosas y lugares que no había apreciado
antes. Y estar con Danael era lo máximo.
Por fin llegaron a la vivienda del profesor. No tenía ni un
poco de semejanza a la gran casa de ella, pero tenía un toque de paz y
tranquilidad que a ella le pareció encantador.
Los muebles eran muy rústicos, por no decir que humildes,
pero ella los vio hermosos. Después de recorrer el pequeño lugar el muchacho le
aproximó una silla mientras la animó a sentarse.
Él vio que podía cocinar, pero no había más que unos huevos
y un poco de longaniza que justo esa mañana compró. La muchacha se aproximó, su
actuar le pareció muy divertido. En cambio él estaba nervioso.
—Disculpa la comida tan modesta.
—No te preocupes, yo te ayudo.
Bien se dice que los verdaderos placeres no vienen
acompañados de dinero. Entre los dos
cocinaron lo mejor que pudieron, pero ella sin preparación culinaria, y él, en
las mismas condiciones. la comida salió salada, pero….
¡Fue tan divertido!
Danael, calentó unas tortillas, y preparó una salsa verde
con picante, mientras que ella hizo limonada
—¡Vamos a comer!
—Es lo más delicioso
que he probado en mi vida —exclamó Reyna mientras se chupaba los dedos—. Te
juro que ha sido el mejor de los banquetes.
El rio al ver su alegría genuina.
No había incomodas reglas de etiqueta que seguir, nadie
decía qué estaba bien o no hacer. Y sobre todo nadie estaba al pendiente de sus
movimientos. Danael la trataba con tanta normalidad que hasta ella olvidó su
pie. La plática era deliciosa.
—Como tú hiciste casi toda la comida, a mí me tocara lavar
los platos.
—bien, yo acomodare el comedor
La muchacha se levantó ayudada otra vez por su bastón, pero
el chico se lo quitó con suavidad:
—¿Te gustan los retos?
—Ya sabes que sí.
—Me alegra que digas eso, te desafío a que vayas al
fregadero sin tu bordón
—¡No podré!
—Ya sabes que no me gusta esa palabra, pero si de verdad
crees que no puedes, toma mi mano
—Nadie me había ofrecido ese gesto antes. Y tú, ya van dos veces
que lo haces en pocas horas.
—No sigas— la interrumpió
con una risilla— No pienses en los
demás, ya sabes que las opiniones externas no deben importarte.
—Danael…
Así lo hizo, caminó tomando su mano, fue incluso más fácil,
que con su palo de madera.
—Ves que si puedes hacerlo. Ahora intenta caminar hacia los
lados
—No puedo Dan… Nunca he podido hacer eso
—Ya me cansé de esa frase.
El anfitrión comenzó a tatarear una melodía—. Imagínate
que estas escuchando una dulce canción— La tomó de
la cintura y se movió suavemente.
Eso era demasiado bello para Reyna, feliz hizo su primer
intento, el tobillo por más que quiso no lo puedo mover
—Mueve al menos las piernas, yo te estoy sosteniendo
La música imaginaria hizo delicias en los dos. Bailaron
abrazados más por placer que por equilibrio. Los minutos avanzaron con una
velocidad sorprendente.
Pero el cansancio apareció. Reyna ya no aguantó el dolor de
los pies. Sus piernas perdieron fuerza, Danael
la sostuvo en sus brazos, y cargándola se la llevó hasta su pequeña cama. Sin
decir nada quitó una a una sus zapatillas y medias.
Untó sus pies con ungüento y comenzó a darle un ligero
masaje, poco a poco el dolor desapareció. Pero las manos de él no descansaban,
el masaje continuo. Ya no solo era su tobillo, sino también su pantorrilla.
En momentos el masaje parecía más una caricia que otra cosa.
La mirada de ambos había cambiado. Danael acercó su cabeza lentamente y la besó,
por primera vez. Los nervios afloraron en ambos, los movimientos eran torpes y
en más de una ocasión no sabían que hacer. Pero el gesto de amor continúo.
Un segundo, dos… sus manos bajaron hasta tocar su cintura, estaban
sobre su cama, un lugar en apariencia prohibido, pero ninguno se quería separar.
Un especie de calor subió en ambos ¿Acaso querían llegar
algo más?
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©Alejandrina Arias (Athenea IntheNight)
Gracias de antemano por sus lecturas comentarios y/o Criticas. Son
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