Caminando En Las Nubes Capitulo X: Entre Dos Muros.
Un golpe, dos golpes ¿Hasta cuanto era permitido? Sabía que era algo común en aquella época, pero le repugnaba la violencia. Lo que no sabía era como hablar con Rafael. Él se sentía con el derecho de hacerlo, y mucha gente lo apoyaría. Aunque a él no le gustaban estos actos, tampoco era para escandalizarse. Pero… se trataba de su familia. Algo tenía que hacer.
Miguel Ángel estaba dispuesto a ayudar a Reyna y Julieta, lo difícil era encontrar la manera. Nunca le comentó a los muchachos, que su futuro consuegro amenazó con llevar a la policía para rescatar a sus hijas. Ni tampoco que días antes en la calle estuvo a punto de armar un escándalo. Pero, el médico, apelando al beneficio económico que traería la unión de Julieta y Octavio, lo hizo entrar en razón. Pero temía que usar demasiado ese recurso lo haría en el futuro ineficaz. Así que tenía que pensar muy bien las cosas y hacer algo diferente.
**.**
Estaba parado frente a su amigo, el ambiente era tenso, recordó las “pruebas” que le mostraron Octavio y Julieta, respectivamente. Por su parte Rafael representaba el papel de un hombre herido. Con gusto los hubiera difamado, pero la reputación de sus hijas se vería gravemente amenazada. Cosa que no estaba dispuesto a arriesgar. Esto lo sabía Miguel Ángel y pensaba usarlo a su favor.
Por esto y muchas otras cosas los dos hombres hablaron cordialmente, pero nunca antes Miguel Ángel se sintió tan incómodo charlando con alguien.
—Solo falta que me digas cuando traerás a mis hijas. Espero que sea esta misma tarde —dijo el empresario después de unos minutos de charla, mientras bebía un vaso con tequila. Miguel por su parte, solo degustó una taza de café, pues estaba por irse al trabajo.
—La verdad es que prefieren estar en mi casa. Tienen un poco de temor de tu manera de… reprender… Esperaba contar con tu permiso.
—No digas que mis normas están mal— se mostró ofendido—. Un correctivo no le viene nada mal. Me parece difícil que no entiendas que son mis hijas y deben estar conmigo.
—Sí, pero tú sabes cómo son los jóvenes de ahora; sus ideas liberales progresan a la par que la tecnología. Creo que te debes de relajar un poco.
—Pues eso que tu llamas libertad, no es otra cosa que libertinaje. Como por ejemplo lo que tu hijo y tu protegido hicieron la otra noche en la hacienda. En lugar de hablar contigo debería de acudir con la policía y rescatarlas.
—Sabes que eso no se puede, que solo las manchara y el daño ser peor.
los rumores estallaran y su reputación se vendrá abajo. También sabes que ellas no están sufriendo daño alguno en mi hogar.
—Pero… Tú eres un hombre recto, sabes que lo mejor es que estén conmigo. Debes reconocer que tu protegido se sobrepasó con Reyna la más débil y pequeña de mis hijas.
—No la subestimes. Además Danael solo le dio un beso tímido. Y él está en su mejor disposición a casarse con ella
—¡Jamás lo permitiré! Es un muerto de hambre. Mi hija merece alguien mucho mejor nivel—dijo perdiendo la compostura
—¿Lo aceptarías si fuera mi hijo? —dijo Miguel Ángel, jugándose la última y la más arriesgada de sus cartas
—Eso no puede ser posible… Es hijo de Soledad y… —meditó unos segundos lo que acaba de decir. Recordó a la amante secreta de Miguel de hace muchos años—. Si fuera tu hijo sería un bastardo ¿Acaso lo es? —preguntó mirando fijamente al médico. Este tragó saliva, duró unos segundos callado. Las cartas estaban sobre la mesa, era hora de moverse, decisivamente, pero con cautela.
—Dejaría de serlo si le doy mi apellido, claro, en dado caso de que fuera mi hijo.
—¿Quieres decir que tu amante era Soledad? ¿Cómo pudiste abandonarla con un hijo, y mantenerla en el olvido por tanto tiempo? —se burló Rafael, regodeándose de un triunfo que creía suyo.
—No te confundas —dijo muy serio el médico, tratando de controlar sus emociones—. Danael es mi protegido y solo dije de la posibilidad de darle mi apellido, es mi protegido y me agrada, es todo. En cuanto a lo de que si tuve o no, una amante, es algo que solo me concierne a mí. Pero continuemos hablando del maestro de Reyna.
—Antiguo maestro —corrigió Rafael.
—De acuerdo, antiguo maestro ¿Sabías que existe la adopción legal?
—¿Entonces mi antigua sirvienta y tú no hicieron nada deshonroso? —Rafael siguió con el tema incómodo, quería indagar lo más que podía en el tema.
—¡JAMAS! —Miguel Ángel ya no se pudo contener—. Con ella nunca hice malo, ni nada de que arrepentirme —se mordió la lengua, tal vez habló de más. Quería decirle mil cosas, y saltar sobre él, pues se burlaba de su amada. (No sería la primera vez que golpeara a alguien por el mismo motivo) Pero de hacerlo empeoraría todo. Tomó aire e hizo lo posible por guardar la compostura. Dio un sorbo grande a su café. Mientras Rafael apreció el gesto divertido. Su oportunidad de vengarse era ahora, aunque Miguel no lo dijera abiertamente. Estaba casi seguro que descubrió la identidad de su amante:
—Recuerda que antes de ser mi empleada—. Dijo con un cierto tono de displicencia—, trabajaba con tu padre. De hecho salió embarazada de ahí. Todo el pueblo se llenó de murmuraciones
—Recuerda que en aquel tiempo yo estaba en la Ciudad de México, estudiando medicina. Además tú si has tenido amantes. Recuerda que me lo has comentado
—Sí, y las seguiré teniendo. —dijo con orgullo el hombre—. Por cierto, recuerdo que cuando tú eras estudiante de medicina, todas tus vacaciones las pasaste en el pueblo. Más de una vez se te vio platicando con Soledad
Miguel Ángel comenzó a sudar frio, conocía la historia mejor que nadie. Pero tenía que callar para sofocar las burlas de ese hombre, que en ese momento tenía ganas de matar.
—Hay cosas más importantes de que hablar, como por ejemplo el futuro de tus hijas. Yo creo que Danael es un buen hombre para tu hija. Es noble, muy inteligente, tiene mi respaldo y próximamente mi apellido
—Eso tengo que pensarlo— dijo Rafael, viendo que era inútil molestar a Miguel Ángel—. Pero en dado caso de que acepte, no quiero que sea un simple maestro. Quiero que tenga más poder, y que lleve tu apellido.
—No te preocupes por ello, yo me encargare de que tenga prestigio —el medico recupero la serenidad, estaba seguro que sus problemas se habían resuelto.
Después de unos minutos de platica la tensión se fue, las muchachas regresarían con sus padres. Y en una semana se comprometerían Reyna y Danael, claro, primero Miguel movería sus influencias para hacer del muchacho todo un investigador de la UNAM (la universidad más prestigiosa, no solo de país sino de América Latina). Y más adelante un catedrático.
Miguel Ángel regresó al hospital presuroso, necesitaba ver a Soledad, no podía negar que esa mujer acaparaba gran parte de sus pensamientos.|
***—**.**—***
Era un poco después del mediodía, todos habían comido, Octavio preparaba todo para su trabajo de mañana, ya había pasado demasiadas vacaciones. Reyna leía un libro y Julieta pintaba como siempre. El doctor Rivera no tardaría en llegar. Danael no estaba con ellos, desde que llegaron a la capital, poco a poco se fue ausentando. No solo le molestaba la presencia de Miguel Ángel, sino que se avergonzaba de todo lo que hizo con Reyna. En alguna ocasión, pensó en aceptar la Hacienda que el médico le tenía heredada, pero esa idea le parecía horrenda. ¿Por qué le dio las escritura de esa hacienda, por qué nunca habló personalmente, acaso era una burla?
Irónicamente, no dejaba de pensar en Reyna, en lo mucho que la amaba, ella era su mundo, pero no tenía nada digno que darle, ni que fuera verdaderamente suyo.
Era poco después del mediodía, en ese momento tocaron a la puerta. Fue a ver y para su sorpresa descubrió a Miguel Ángel Rivera.
—¿Puedo pasar? —Preguntó al ver que el muchacho lo miraba sin hacer nada—. Sé que me estas evitando. Pero es necesario que hablemos.
El muchacho hizo una mueca de cansancio:
—Ahora no puedo, estoy muy cansado.
—Es preciso que veas a tu madre. No hace otra más que hablar de ti.
—¡Entonces es verdad que está viva! Yo pensaba que…
—Ven, está internada en mi hospital.
Danael en ese instante olvidó su rencor, se subió al auto del doctor, juntos fueron al hospital.
El joven corriendo fue hasta su mama. La abrazó y los dos rompieron a llorar, no podía describirse lo que sintieron en ese momento. Ella llenaba de besos a su único hijo del que involuntariamente estuvo separada por diez años. Miguel Ángel los veía a distancia. Los ojos se humedecieron. Dos de las personas que más quería en el mundo estaban juntos. ¡Como deseaba poder abrazarlos y decirles cuanto los amaba.
Los dos hablaron por mucho tiempo, no paraban de decirse cosas. Pero ella no se atrevía a decirle, por más que le preguntara el motivo de ausencia. Solo decía “Que no era el momento”.
Soledad no dejaba de abrazar a su vástago, al que dejo de ver cuando era un púbero, pero ahora ya era todo un hombre.
—Tú mamá ya se está recuperando. Pronto la llevaré a mi casa.
—¿Su casa? —preguntó indignado Danael, recordando que por diez años no supo de su mamá. Negros pensamientos surcaron la mente del joven—. No tiene por qué llevarla a su casa. Sera a la mía. Es mi madre y mi deber es cuidarla.
El doctor iba a responder, pero la mujer se adelantó.
—Dani, hijo. Él solo quiere ayudar a que estemos bien.
—¡No me digas nada! —Un fuerte sentimiento se apoderó del muchacho. Eso no lo podía permitir, se sentía traicionado, hundido en la miseria. Se sentía excluido de su madre, Abandonado por ella. Se separó de ambos solo para protestar con energía—. Sé por el mismo Salvador García que ustedes fueron amantes.
—Muchacho cuida tus palabras —intervino el médico, pero el rencor del muchacho era mayor.
—¡Cómo es posible que te rebajaras a algo tan bajo! —Se refirió a su madre. Ella como toda respuesta comenzó a llorar. Si pudiera explicarle tantas cosas, pero no podía.
—¡Cómo es posible que en diez años yo te creyera muerta y este señor sabia de ti! —el muchacho gritó furioso refiriéndose a los dos. Ninguno tenis palabras para enfrentarlo.
—Tranquiló— dijo Miguel Ángel. Yo tampoco sabía de ella, y las cosas no son como piensas. Mi dinero no me alcanzo para encontrarla, hasta hoy.
—¿Y porque no me dijo nada estos días?
—Yo… Perdí la cabeza, quería encontrar el momento oportuno. Me sentía mal por todo. Tranquilízate y platiquemos.
—No, no hay ningún momento oportuno, no hay nada que quiera oír de ustedes.
Danael se sentía sumamente herido, no había lugar para razonamientos, las emociones lo dominaban. En ese momento no le interesaba ningún comentario de ellos. Simplemente no les creía, se sentía engañado y defraudado. Se salió del cuarto sin decir nada más.
Miguel Ángel lo alcanzó y quiso hablar con él. Danael lo aventó sin pensar en las consecuencias, Salió de ahí a toda prisa.
“Lo mejor es que deje que se le pase el enojo”. Pensó mientras lo veía desaparecer. Regresó con Soledad, la cual la encontró inconsolable.
Pasaron los días y Danael no acudía ni a ver a Reyna ni su mamá. El doctor y Octavio lo buscaron por su casa y todos los lugares que frecuentaba, no lo veían por ningún lado. El médico no le contó a nadie secreto, pero se sentía sumamente culpable.
Por su parte Reyna se sentía desconsolada, no entendía que había pasado, cada vez extrañaba más a la única persona que la podía hacer feliz.
***—**.**—***
Rafael se presentó por sorpresa a la casa de Miguel Ángel, se mostró como un padre afectuoso y arrepentido de sus actos. Reyna que era muy noble, corrió a ver a su papá.
—¡Hija mía, como las he extrañado!
La plática no se hizo esperar entre padre e hija, Julieta los escuchaba distante, más bien parecía lejana. Sin duda sus pensamientos estaban en otro lado. Junto a ella estaba Octavio, le apretaba la mano con suavidad.
—hablaremos pronto de tu unión con Danael. — le contaba Rafael a Reyna, tan pronto como venga, hablaremos de su compromiso. La jovencita creyó desfallecer de la emoción.
Rafael volteo a ver a su hija mayor, ella mantuvo la mirada sin proferir ningún gesto, su mirada era indescifrable.
—Ven, por favor.
—¿De que sirve ir contigo? si eres muy violento.
—July, perdóname. Yo…
—No digas que has cambiado, o ya no lo harás porque…
—¡Vámonos con nuestro papá —chilló Reyna—, él nos quiere y nosotras a él.
—No, aquí estoy muy bien… Allá todo es como una prisión.
—Si ella no desea irse. No lo hará —se interpuso Octavio. Creía firmemente en los derechos de las personas, y para él su suegro, los pisoteaba constantemente.
—Pero yo soy su padre, si quiero me la llevare.
—Y yo soy su prometido. Tiene edad para decidir dónde estará. Ningún mal hace en estar en mi casa — Rafael iba a protestar pero el abogado continuó—. No se preocupe por el que dirán, que en realidad no debería de importar. Puedo casarme con ella en este mismo momento y darle todo lo que tengo.
—La gente difamara a mi hija. Yo soy tengo mucho poder y…
—No anteponga cosas banales en esta situación. Yo que tengo menor edad que usted. Tengo mucho más poder y bienes materiales que usted. Y nunca doy muestra de ello, porque es algo que no tiene importancia.
—tranquilos, hablemos con calma. —Pidió prudencia Miguel Ángel, quien llegaba en ese momento. La familia es importante, pero el respeto también. —Miró a Rafael dándole a entender que el mensaje era para él.
—Yo no quiero irme.
—Y no se ira —Habló con mucha seguridad el joven abogado.
Las cosas amenazaban con ponerse difíciles, la imprudencia de Rafael, le costaría mucho a Miguel Ángel. Quien pensaba preparar a Julieta desde antes. Pero ahora ella estaba segura de quedarse.
Reyna se sentía mal sin el apoyo de Danael y ahora estaba del lado de su padre. Lloraba al creer que también perdió a Julieta.
—Julieta es seguro que te quedaras con Octavio. Regresa a casa, en una semana podemos poner la fecha de la boda.
—Creo que es lo más sensato, continuó el médico—. Todo estará bien, y nada malo te pasara. El joven abogado lo miró con rabia, no quería separarse de su novia.
Se formó un pequeño debate acerca de la familia y la violencia, contrario a o que pensaba Octavio, Miguel estaba del lado de Rafael, tenia que hablar seriamente con él después.
Julieta se enterneció al ver a su hermana llorando y suplicando porque fuera con ella. Sabía que no podía dejarla sola.
—Sí. —Lo dijo una sola vez.— Iré con ustedes, pero bajo mis propias condiciones.
***—**.**—***
La felicidad había acabado para la pequeña Reyna. No sabía nada de Danael, todo en su casa estaba relativamente en calma. Sentía a su padre enojado, algo le decía que se contenía. Su hermana la procuraba pero ya no le tenía la misma confianza que antes. Ya casi no hablaba con ella. La veía o hablando con su novio (quien la visitaba a diario, y se quedaba gran parte de la tarde con ella), o leyendo un libro. Empezaba a envidiar a su hermana. Pero después, ya no tanto cuando se dio cuenta que a su padre no le hablaba.
Una tarde llamarón a la puerta. Era un mensajero, quien preguntaba por Julieta Quintero. La jovencita se preguntó quién era, cuando vio a su hermana gritar loca de alegría.
—¡Frida Kahlo ha regresado a la ciudad de México, y me ha mandado una invitación! — Julieta quien gritaba a todo pulmón.
—Es una magnifica pintora—dijo su mamá—. ¿Has visto una exposición de ella?
—Mejor aún la conocí cuando estaba en la hacienda con Octavio. He platicado con ella, además de que me ha asesorado en mis pinturas.
—Eso es una tontería. —repuso Rafael disgustado—. Esa mujer es una libertina y mala influencia para la sociedad, ya comprendo tu rebeldía.
—Es mi amiga —dijo la joven con orgullo—. Me mandó una invitación para un evento social que hará. —Repitió mostrando dicha misiva—. Me acompañaran ustedes si desean. Octavio también ira conmigo.
—Cuidado con tu actitud, jovencita, no te he dado permiso.
—¡Pero si me lo darás verdad papi! —dijo con ironía, en otras circunstancias, el patriarca a de la familia le hubiera dado una fuerte cachetada por su insolencia. Pero en estos momentos más le interesaba quedarse tranquilo
—Sino me pondré muy triste y tendré deseos de irme de la casa. —Julieta siguió con su cinismo—. Eso hará ver muy mal a la familia Quintero.
—Julieta no seas insolente —Gritó Rafael, sin poder aplacar su ira. Hizo un ademan de golpearla.
—Atrévete y te juro que nunca me veras en tu vida —Lo enfrentó enfadada.
—Está bien —se detuvo en seco Rafael—. Pero no solo iras tú. Sino toda tu familia. Sera bueno codearnos con grandes personalidades de la política y el arte.
—Nunca cambiara —dijo por lo bajo Julieta—, solo ve el beneficio personal. Me arrepiento de enseñarles esta invitación. Pero, pronto me iré de aquí.
Miró su madre y hermana quienes sumisas, bajaron la mirada al ver la discusión de ambos.
—¡Todos los seres humanos somos iguales, que lastima que no lo quieran ver! —gritó y se fue a su cuarto, sin mirar a nadie, ni impórtale los gritos y amenazas de su progenitor.
Reyna miró a su hermana subir altiva y orgullosa las escaleras. Este suceso la sumió aún más en su melancolía aunque trataba de disimular. Deseaba ser tan valiente y decidida como ella. Pero tenía miedo de muchas cosas. En una semana se fijaría la fecha para la boda de Julieta y Octavio. Su mismo padre le dijo que se casaría con Danael, pero no lo veía por ningún lado.
“acaso solo quería jugar conmigo” eran los pensamientos de la muchacha. A nadie le había contado que se acostó con él.
Se retiró a su habitación y comenzó a llorar amargamente
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El paisaje era hermoso. En las afueras del pueblo estaba una pintoresca casa, que si no era muy grande si tenía lo suficiente para que una familia pequeña viviera.
Danael soltó su maleta admiró el pequeño jardín que estaba en la entrada. Abrió la puerta y entró. Tenía el corazón roto pero pensaba salir adelante: Reyna no lo quiso seguir. Se sentía demasiado insegura, sola en aquella casa. El profesor tampoco insistió. Le preguntó una sola vez y emprendió su camino.
Empezaría una nueva vida, sin lujos, sin apoyo de nadie. Sin nada. Sería un simple profesor en aquel pequeño pueblo, al que nunca había ido.
Mañana comenzaba su trabajo.
Dejo las maletas en la entrada, se quitó la chaqueta. Era la última vez que la usaría. Dejo atrás a Reyna y todo lo que sentía.
—es lo mejor. Encontrará alguien acorde a ella.
Se hizo una taza de café y la sorbió lentamente. Él no merecía alguien como Reyna, eso lo dejó claro Rafael la semana anterior cuando lo fue a buscar, tomó su libro y comenzó a leer.
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©Alejandrina Arias (Athenea IntheNight)
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