Caminando En Las Nubes. Capitulo XIII: Entre la Espada y la Pared.
No era fácil para Soledad estar en su antigua cabaña, frente a su hijo, quien al parecer enfrentaba una crisis emocional.
“¿Qué pasó con tu nobleza y valentía?” quiso preguntar, pero no se animó. Se acercó poco a poco, su hijo no hacia ningún movimiento. “Tú nunca huías” Pensó mientras lo miraba a los ojos, imaginando que él la podía escuchar
A Danael la escena le parecía algo surreal, su madre, a la que hasta hace poco conceptuaba muerta, caminaba hasta él. Pero ya no era la misma, era alguien distancia. Sabía, pero no parecía que fuera ella.
Sostuvo la mirada intentando no mostrar alguna emoción, pero le era imposible. Esa mujer a la que quiso más que a su vida, avanzaba hasta él.
—No puede ser una buena mujer—. Pensó en voz alta. La mujer al parecer lo escuchó, pues, detuvo su caminar por unos segundos. Pero mantuvo su caminar. Comprendía que no era fácil para su hijo entenderla, pero tenían que hablar.
—¡Vete! —Vociferó por fin el muchacho—. No puedo estar con una mujer que desapareció por más de diez años. Nunca hizo nada por estar conmigo, nunca me mandó un mensaje. Y cuando por fin lo hizo, solo consiguió que la viera como una completa extraña.
—¡Dani yo…! —dijo la pobre mujer al borde de las lágrimas.
—Y por si fuera poco— continuó el joven—. ¡Prefirió vivir con su amante!
¡Soledad sintió que su corazón se rompía! Su hijo era muy duro.
“es normal que piense así. Él no sabe cómo se dieron las cosas”. La escena era más dolorosa que incomoda. La madura mujer se acercó lentamente, quiso abrazarlo, pero él la rechazó.
—Tenemos que hablar de muchas cosas. —imploró la fémina.
—No hay nada que decir.
—No hablemos de nosotros sino quieres, pero sí de Reyna. Ella conoció a un nuevo chico. Le está prestando atención, por si fuera poco Rafael habla de matrimonio. Sí la quieres tienes que ir con ella.
Danael se sintió profundamente emocionado, no podía creer que la mujer de sus sueños rápido encontrara otra persona. Pero, qué otra cosa podía hacer. Ella merecía rehacer su vida con otra persona. Pasó varios minutos callado. Tenía ganas de correr hacia ella, pero… no tenía nada que ofrecerle.
—De nada servirá que vaya. El dinero mueve al mundo y yo no lo tengo.
—Pero el corazón sincero es lo que de verdad mantiene la armonía.
—No lo creo, todo el mundo está lleno de mentiras.
—Pero… Miguel Ángel…
—No quiero nada de la familia Rivera. No me hables de ese hombre. Lo aborrezco como no tienes idea.
El hombre mencionado, miraba la escena a distancia, escondido entre un grupo de árboles. Danael miraba hacia el horizonte. Ese hombre que una vez respetó tanto, ahora le tenía rencor.
—Tal vez no quieras nada de él. Pero si puedes aceptar algo que por derecho de sangre te corresponde.
—¿De ti? No sigas, las cosas materiales nunca me han importado.
—No todo es lo que parece. Las escrituras de la antigua hacienda de Rafael Quintero. Te pertenecen por derecho propio.
—No, de ninguna manera. Son de Miguel Ángel Rivera.
—Sí, es cierto, él la compró, pero fue para regalársela a su único hijo de sangre. —Mantuvo su mirada fija en él, estaba demás que le dijera que se refería a él.
El muchacho la vio con un profundo odio y resentimiento. Tenía ganas de gritarle muchas cosas. Prefería ser hijo de un señor humilde, pero ser legítimo, que provenir de alguien con mucho dinero, que no le había dado nunca, una muestra de sinceridad.
—No pienses mal de él. —dijo su madre como si adivinara sus pensamientos—. Él nunca supo de ti, hasta que eras un adolescente.
—Sí, ya lo imagino, pero eso no es ninguna justificación. Recuerdo cuando se acercó a mí y me llenó de atenciones.
—Sí… quería confesarte todo, pero temía tu rechazo.
—Sí, ya lo imagino, se acercó mucho más ese hombre, que mi propia madre. ¿Por qué?
El muchacho respiró hondo, si su madre lo buscó tal vez debería de conocer toda la verdad.
—Porque… Porque… —Las palabras no podían salir de la boca de Soledad. Las emociones fluían contradiciéndose unas con otras.
—No me lo digas, sé que te cuesta mucho trabajo. Por algo buscaste a Miguel Ángel y no a mí.
La hermosa mujer de vestido blanco hizo esfuerzos por no llorar. Ella se sentía incapaz de decir nada.
—Has de saber, que para mí, mi madre murió hace diez años.
—¡Danael! —la mujer gritó y no pudo reprimir un fuerte y sonoro llanto. Las piernas le flaquearon dejándola caer a tierra. Pero ni eso ablandó el corazón del muchacho.
Le dio la espalda a la mujer, comenzó a alejarse de la cabaña, a paso lento y silencioso.
—¡Danael! —gritó Soledad, pero el muchacho no se volteó, seguía caminando por la vereda—. Si no te busque en diez años, fue porque estuve en la cárcel injustamente. Porque alguien me metió ahí en venganza porque no quise ser, o hacer cosas malas. Nunca te busqué para no arriesgar tu vida o integridad física. Me obligué a guardar silencio a cambio de que tuvieras un mejor estatus social.
El chico permaneció inmóvil. Muchos recuerdos se agolparon en su mente
“Por eso, aquel sacerdote me buscó de buenas a primeros y me enseñó a leer y escribir”.
—Pero, te juro que no ha habido un día en mi vida que no piense en ti. —Continuó hablando Soledad, abatida por la tristeza—. Tú eres la persona que más me importa en el mundo.
Esas palabras fueron demasiadas para el muchacho ya no podía reprimir nada. Corrió hacía ella y la abrazó. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Por fin estaban juntos y sabía que realmente le importaba.
***—**.**—***
Víctor estaba frente a Reyna, creyó ver en ella una belleza escondida. Tan exquisita que nadie más que él podía ver. Maravillosa, a la vez que tierna y delicada. Pero ella no le correspondía a sus atenciones. Mientras más se acercaba a ella, más se alejaba. No tenía competencia con nadie. Si le daba el amor necesario, estaba seguro que le sería fiel.
“Te veo como al más tierno amigo” le decía una y otra vez. Pero el muchacho o no la entendía o no le importaba. Seguía insistiendo una y otra vez
***—**.**—***
—Julieta, no crees que ya es hora de que pongamos fecha a nuestro compromiso, lo has estado posponiendo. —dijo Octavio Rivera a su prometida, de la manera más suave que pudo.
—¿De verdad es necesario? —volteó la cara para que no viera su cara de insatisfacción.
—Sí, yo muero de ganas por que seas mi esposa. Sabes que lo nuestro es amor.
Julieta se frotó las manos con fuerza, intentó cambiar la conversación, pero Octavio no se dejó. Volvió al tema, una y otra vez.
—¿Podemos platicar de otra cosa? —dijo ya fastidiada
—¿Acaso no quieres ser mi esposa?
Octavio trataba de guardar la calma. Sabía que su novia odiaba el matrimonio por muchas razones, pero confiaba en que él la convencería. Octavio, no podía dejar las cosas así. Tomo una silla, y la acomodó de tal manera que estaba frente a su prometida. Ella volvió la cara para no mirarlo, se encontraba sumamente nerviosa. No le gustaba la manera como la estaba presionando. Pero tampoco quería lastimarlo. Él tomando suavemente su mentón la obligó a que lo mirara:
—July. Contéstame por favor. Sabes que yo te amo, mis sentimientos son sinceros. Te lo he demostrado muchas veces
—Sí lo sé, pero por favor… calla. Lo necesito.
Ella mantuvo su mirada en él. La cara la tenía bañada en lágrimas, no podía decir nada más. Se refugió en un rincón de la biblioteca.
Octavio creía entender lo que le pasaba, pero ya no podía esperar más. Su corazón enamorado necesitaba vivir con ella. La entendía, pero, necesitaba tenerla con él. Por eso la presionó más. Tenía la esperanza de escuchar algo como “Tengo miedo, pero voy a casarme contigo” o, “Confío en ti”.
La situación era muy delicada, la joven pintora no hablaba, eso era raro en ella, nunca se quedaba callada.
—Octavio… yo… —dijo por fin—. Yo… no estoy lista para el matrimonio, tal vez nunca lo este.
—¿Qué necesitas para convencerte y casarme contigo? Pídemelo y te juro que lo consigo.
—Nada… yo… Tal vez…
—Dilo.
Los comentarios llovían sin parar de un lado y otro
—¡No quiero casarme! —Gritó Julieta por fin.
Octavio se quedó pasmado, nunca esperó algo como eso. Julieta en cambio sentía que se ahogaba, le faltaba el aire, apartó las ventanas, pero todo le parecía insuficiente. Abrió las puertas de la biblioteca y cual va siendo su sorpresa que en la sala estaban sus padres y Miguel Ángel hablando. Sintió que el mundo se le venía abajo. Vio la cara de sorpresa en el medico y la de molestia en sus padres. Rápido comprendió que se metió en un gran problema. No estaba preparada para enfrentarlos, pero tampoco podía echarse para atrás.
Algo raro pasaba en la mente de Julieta que ni ella lograba entender. Miles de pensamientos bullían en su interior.
—Lo siento, no sabía que estaban aquí. —Mecánicamente saludo a todos como la gran dama de sociedad que era.
—Siéntate con nosotros. —La invitó el médico, imaginando que con eso se suavizaría todo.
La muchacha quiso refugiarse de nuevo en la biblioteca, perderse en sus libros. Pero adentro estaba Octavio. El muchacho salió lentamente, se paró junto a ella. Se le notaba en su rostro una profunda aflicción. El medico lo notó en seguida
—Con permiso, voy al jardín. —No esperó más, quiso correr hasta dicho lugar, pero su padre se interpuso en su camino, la tomó del brazo:
—¿Qué pasa Julieta? Esas no son maneras de comportarse. Tu futuro suegro te invitó a platicar con nosotros. No lo desaires
—De verdad no puedo.
La muchacha estaba desesperada, perdió el control de sí misma. Necesitaba aire, quería correr pero su padre la detuvo con fuerza
—Déjela don Rafael, necesita estar sola —intervino Octavio a su favor. Comprendía que él la llevó a ese estado. Tenía que remediar las cosas
—Julieta, mira cómo te habla Octavio. Pronto serán esposos. Ofrece disculpas por tu comportamiento.
—¡No me quiero casar! —Gritó con todas su fuerzas
Rafael no soportó ese acto, que para él era una gran ofensa, le dio una cachetada tan fuerte que la hizo caer al suelo.
—¡Déjela! —Grito Octavio, acercándose a su novia.
El empresario se adelantó, la quiso levantar con violencia, pero Octavio enfurecido le dio un fuerte puñetazo, sangrándole la cara y haciendo que caiga sentado al suelo.
Sin importarle su reacción corrió a ayudar a su prometida, o tal vez ex prometida. Pero en ese momento no importaba que fueran. La muchacha por instinto buscó refugió en su cuerpo, Pero la exclamaciones del anfitrión hicieron que el abogado se pusiera en guardia de nuevo.
Rafael grito enfurecido, Constanza lo ayudó a levantarse. Miguel Ángel no daba crédito a lo que veía, no sabía a quién detener primero
—¡Octavio discúlpate!
—No, que él lo haga primero, él fue el agresor, golpeó a una dama ¡A la mujer que amo!
—¡lárguense de mi casa! —fue la única respuesta del empresario
—Claro que nos vamos, con Julieta por supuesto —dijo poniéndose de nuevo entre la muchacha y su padre
Por contrario esta acción no sorprendió al médico, en cierta forma estaba orgulloso de su hijo. Pero sabía que esas no eran las formas de hacerse. Tenía leves esperanzas de componer las cosas. Intentó ofrecer una disculpa, pero el empresario no las daba y Octavio no cooperaba en lo más mínimo, evidentemente también estaba en plan de lucha.
—Discúlpese con Julieta, usted la agredió— vociferó el abogado, mirando a Rafael.
—No quiero que te acerques nunca a mi casa —respondía el otro—. Eres un salvaje.
—Julieta, vente conmigo, no quiero que tu papá te haga nada —dijo mientras se ponía entre la muchacha y el hombre
—Vámonos Octavio, no empeores las cosas —Dijo el médico, las cosas se habían salido de control, no sabía cómo enmendarlas. Tal vez la acción de su hijo rompió los lazos con esa familia. Pero en el fondo no estaba molesto con él. Defendió a quien amaba. No pudo evitar lamentarse que él no las tuvo cuando quiso retener a Soledad a su lado.
Pero…
El empresario quiso tomar de nuevo del brazo a su hija:
—¡No me toques! —gritó ella.
Enojada salió con paso seguro de aquella casa. Algunos la quisieron seguir, pero el orgullo se los impidió. Octavio, en cambio deseaba que saliera de aquella casa, con paso mesurado, caminó detrás de ella.
**…***…**
Caminaron un rato por la banqueta hasta que llevaron a un parque. Ninguno de los dos decía nada.
—Vamos a sentarnos un rato. Te ves cansada.
—Octavio… ¿Por qué haces eso? —La muchacha se detuvo de pronto, lo miró fijamente a los ojos—. Te humillé y estás conmigo.
—Yo… no la vi. Solo una chica desesperada que ya no soporta las cadenas de la sociedad y en eso estoy a tu lado. ¬—Dijo tomando suavemente sus manos. La culpa fue mía. No debí presionarte de esa manera.
—No te comprendo. Te desprecié y me ofreces tu ayuda.
—Te amo, mi ayuda te la ofreceré siempre —dijo con ternura—. Mi vida está contigo. Yo soy un hombre de familia, y quiero cuidarla por sobre todas las cosas
—Pero…
—Tranquila. Yo me enamoré de ti. Y si tu felicidad no es hoy conmigo. Tal vez lo sea mañana, hoy solo quiero cuidar de ti…
Ella no sabía que decir, él la abrazó con ternura. La noche estaba por llegar y tenía amucho frio. Octavio miró al cielo:
—Ahora lo importante es conseguirte un refugio.
**…***…**
La sorpresa no podía ser mayor. Cuando Reyna estaba comenzando a sobreponerse de la desaparición de Danael, este estaba parado, frente a Reyna, No sabía cómo actuar, no tardaría en llegar Víctor con los vasos de refresco. Miro a Danael y no pudo evitar compararlos. El pelirrojo siempre había sido bueno con ella y su papá lo aceptaba. En otras circunstancias hubiera corrido hasta él, ¿pero ahora?
Estaba fuera de la iglesia, hacia unos minutos que la misa había terminado. La gente comenzaba a retirarse poco a poco. Recordó las Palabras de su hermana, se dio la media vuelta, caminó lo más rápido que su condición se lo permitía.
Pero el profesor no se dejó amedrentar, corrió hacia ella y la beso, con fuerza, con pasión. Ella al principio quiso resistirse, pero el sentimiento le ganó. Se rindió a sus besos, se dejó llevar. ¡Lo amaba, no podía negarlo!
En ese momento nada más importaba. Alguien más empujó a Danael
—Deja en paz a mi novia. —Gritó furioso
—¿Andas con él? Yo no sabía. —Danael miró a Víctor atónito.
—No… no es mi novio —balbuceó la muchacha—, Solo es un amigo —No daba crédito a que dos hombres se pelearan por ella.
—Vámonos —volvió a decir el muchacho pelirrojo a la jovencita, que miraba a los dos con ojos muy abiertos—. No le diré a tu padre de tu comportamiento, pero vámonos ya
—No, no, no me voy a ir con ninguno— la muchacha trató de ser firme, pero estaba temblando. Por un momento quiso ser fuerte como su hermana. La impresión era mucha, su corazón latía apresuradamente. No soportó la impresión, sintió un fuerte dolor en el pecho. Cayó desmayada.
—Es tu culpa, tú la aventaste. —gritó el pelirrojo, haciendo que el resto de la gente los mirara. Danael no dijo nada, se inclinó para ver por su salud.
**…***…**
Habían pasado varios días desde aquella confrontación, aparentemente sin sentido. Muy pocos habían salido ganando: Solo ella, y tal vez, él.
—Mira, este departamento es hermoso, será solo tuyo, para que seas feliz.
La invitó a entrar al inmueble, la chica miró todo emocionada.
—¿Por qué lo haces, qué pides a cambio?
—Solo una sonrisa tuya, lo hago porque te amo.
El joven de cabello negro y piel blanca, besó su mano y se salió de ahí. Dejándola por primera vez… sola. Pero, eso era lo que ella quería ¿O no?
Él se fue con el corazón carcomido por el dolor. Rompió todas las cadenas que la sociedad tenia. El nombre de los dos se vería seriamente manchado. Se pelearon con sus familias. Pero era su última esperanza de estar con ella.
“Tal vez, lo mejor será llevármela del país”
Miró a lo lejos ese departamento que compró solo para ella, suspiro y se fue a su propia casa.
El mundo es de los valientes. Los cobardes no llegan a ningún lugar ¿o sí?
***—**.**—***
©Alejandrina Arias (Athenea IntheNight)
Gracias de antemano por sus lecturas, comentarios y/o Críticas. Son todas bienvenidas
Aleyxen
Facebook: https://www.facebook.com/atheneaenlanoche
URL: http://atheneainthenight.blogspot.mx/
Twitter: https://twitter.com/alixelissabath
Correo e: aleyxen@hotmail.com

Comentarios