David, de Miguel Ángel



Estaba en una ciudad desconocida, salí del primer ciclo de conferencias, el congreso se me antojaba aburrido. Pero ahí estaba, si quería obtener mejor promedio en la escuela.

Eran aproximadamente las ocho de la noche, necesitaba comer. Al girar sobre mi derecha, vi una cafetería, que, a juzgar por su apariencia y el público que tenía, era el lugar de moda entre los jóvenes.

Fue ahí cuando lo miré. Con su cabello ligeramente alborotado, sus risos dorados, y una sonrisa que parecía de Ángel, eso, junto con su cuerpo, me recordó al David de Miguel Ángel.

Sí, sé que estoy exagerando. Pero ahí estaba yo, sonriendo como una tontorrona al mesero que me atendió. Aventurada en un lugar que no era mío. Puse cara de boba, le sonreí, me sonrió. Mi idea era ir por un café y un pedazo de pastel, pero en ese momento, supe que serían más. Cuando no contemplaba a mi David, miraba el paisaje. Estar en un segundo piso me permitía observar el paisaje de otra manera no podía contemplar.  

Se acercó a servirme mi segunda taza, le susurré una frase. Él la respondió, incluso dijo algunas cosas de más. En ese momento, no me importó si me veía como una loca desesperada. Pero yo quería más.
—¿Qué te pasa lucia? Tú no eres así.

Pero ahí estaba, coqueteando con un desconocido. Después de la segunda taza, vino una tercera y luego una cuarta. El local tuvo que cerrar. Mi apuesto mesero me invitó a la salida.
—Dime dónde puedo verte.
—No lo sé, no soy de aquí.
No recuerdo que nos dijimos. Lo que importa es que quedamos de vernos en la recepción de mi hotel, treinta minutos después.

Una hora más tarde, bailábamos en un antro de moda, él pegaba su cuerpo al mío, yo me dejaba hacer. Eran movimientos suaves, candentes.

Un beso en los labios, sus manos en mi cintura, unos movimientos más, y…  me di cuenta que todo terminaría en una cama.

Así fue, a mitad de la noche mi cuerpo bailaba desnudo, al compás que los movimientos de mi ardiente amante me proponían. No entiendo si era tanta cafeína o mi sexi David me lo inspiraba, pero yo, estaba más ardiente que nunca.

Me comí todo su cuerpo, e incluso su intimidad se acomodaba en mi boca, su elixir fue mi alimento. Fui capaz de parecer una misionera, de ponerme en posición perruna y que mi entrada virgen, dejara de serlo.

Pero nada terminó ahí…

Es imposible enamorarse en un primer encuentro. Estoy completamente segura, pero en ese entonces tenía los sentidos alborotados. Su nombre era… Lo llamaré David.

Unos días más tarde, me alejaba de aquel lugar. Tomé el tren rumbo a mi hogar. Mi estancia en esa ciudad nueva fue fructífera, no solo por el congreso, sino por ese par de noches que la pasé junto a mi estatua de carne y hueso, y, la promesa de una llamada telefónica.


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