Rumbo Desconocido
Treinta años no eran suficientes.
El viento soplaba aplaciblemente, el violinista del diablo
tocaba con destreza para la oscuridad como su único testigo. Estaba harto que
lo llamaran de esa manera. Nadie podía entender que era virtuoso por sí mismo,
que tenía un don natural.
En ese momento el ayer se conjugaba con el hoy, volvió a
pensar en Fabiana, esperaba que esta vez sí cumpliera su promesa ¿Cuántas veces
faltó a su palabra, tres, cinco, más? Ya perdió la cuenta. Entendía que fue el
miedo a la sociedad. Pero su corazón no terminaba de entender. En la habitación
solo había unos pocos muebles, pero daba igual, él no los necesitaba. Vio su
cama, recordó cuando se acostaron juntos por última vez. Una noche antes de que
ella se marchara.
Recordar todo lo hicieron encender su pasión. El violín
vibraba en su hombro, los tonos eran graves, tal vez demasiado. Tocó de nuevo
con furia. Se calmó, ya no tocaba para nadie, ni siquiera para él, lo hacía mecánicamente,
comenzaba a cansarse ¡Una cuerda se rompió!
Sorbió una taza de café, y cambió la cuerda. En el peor
momento, el instrumento falló.
Fabiana caminó por un jardín tapizado de hojas secas. No era
el paso travieso y jovial de cuando era una veinteañera y jugaba al amor con “el
pobre violinista”
—Nunca ganará lo suficiente para vivir —afirmaba su padre.
Se metió a la antigua mansión sin decir nada. Aun guardaba
esa llave de cuando eran jóvenes, treinta años ¡Como pasaba el tiempo!
Escuchó el violín, para allá dirigió sus pasos, pero se
detuvo, vio con cuidado la antigua mansión.
La alfombra estaba muy desgastada. Recordó aquellos tiempos:
la guerra, los obligó a separarse. Y ya no se vieron más. La necesidad, y el
deseo de una vida más prospera la hicieron casarse con un hombre poderoso,
nunca fue feliz. Era tan diferente a él. Sus hijos ya se habían casado. Ahora
era viuda. Ahora era tiempo para ella
misma. Gracias al internet y una llamada atrevida estaba por darse ese
encuentro.
—Te amo —murmuró entrando a la habitación.
El violín paró en el acto, él se acercó para besar sus rojos
y candentes labios, estrechando su cuerpo hacía él. El inmenso abrigo de la
acaudalada mujer madura llegaba a las rodillas, caminó un poco más. La ropa fue desapareciendo poco a poco. En ese
momento nada más importaba más que entregarse el uno al otro. Los movimientos
eran más pausados que antaño, él recurrió a una pastilla azul, ella a la
paciencia.
Besos, abrazos, juegos, juguetes, poemas, y… una canción abrazando
la desnudes de ambos. El cuarto ya no se veía tan viejo. Solo destilaba el
aroma de los amantes, amándose sin ningún obstáculo.
Después de unas horas, las sabanas desacomodadas eran lo
único que quedaban. En otro lugar, la pareja madura tomaba un tren con rumbo
desconocido.

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